23. El sacrificio.

J. Paulorena

Hubo centenares de disparos, pero apenas alcanzaron a media docena de personas. Las armas de fuego eran quincallas o habían sido fabricadas en forjas clandestinas, la mayoría carecían de estrías en el cañón y la pólvora era de dudosa calidad, y los disparos salían tan desviados que daba lo mismo si se apretaba el gatillo con los ojos cerrados.

El cuerpo a cuerpo fue otra cosa. La cercanía aumentaba el ansia homicida y el odio. Cualquier cosa era un arma: piedras, cadenas, cuchillos, barras, sogas. Todo estaba permitido: pies, puños, rodillas, mordiscos en la laringe, puñaladas en la espalda, dedos perforando ojos.

Dos negros se sajaron los cuerpos y se arrancaron las entrañas. La pareja de cosas que emergieron tenían muchas patas y eran vagamente similares a arañas tentaculadas del tamaño de un perro. Aquellos arácnidos infernales corretearon por las fachadas de los edificios y saltaron sobre pequeños grupos perforando cuerpos con sus espolones, constriñendo costillas y arrancando cabezas con sus mandíbulas.

Media docena de flechas salió de las sombras, los virotes de madera elástica avanzaron certeros hasta uno de los seres araña. Al clavarse en la quitina, las puntas silbaron como ruiseñores y penetraron hasta el fondo antes de que la mecha prendiera la carga explosiva. La onda expansiva esparció los restos de la criatura.

Seis hombres salieron corriendo de un callejón, lo único visible en ellos eran ojos orientales porque vestían con un apretado traje de tela color gris oscuro, idóneo para esconderse en las sombras. Portaban katanas milenarias que sólo desenvainaban en su lucha contra la secta china de La Mujer Abotargada, otra de las máscaras de Nyarlathotep, y con refinada destreza marcial cargaron contra la araña restante y las huestes que la apoyaban.

La pantera era muy ágil, parecía estar en dos sitios a la vez y sus garras dejaban miembros amputados y cadáveres a su paso. Muchas vidas se había cobrado esa bestia en honor a su señor, pero el congoleño que combatió contra Cormac saltó sobre su lomo enarbolando un cuchillo de meteorito y abriendo tajos en la aullante bestia.

El grupo de persas invocaba hechizos pero había siete rabinos recitando las palabras secretas de Hermes Trimegistro para la anulación de servicios oscuros. La lucha psíquica era intensa, los rabinos se mantenían con fe y los pastunes con la consumición de órganos extirpados en sacrificios. Los judíos perdían fuerza pero llegó alguien que puso a su servicio todo el potencial de la tribu humana más anciana. Bada Nocte, una negra marchita de pelo cano y collares plagados de plumas y dientes, de extraños cráneos y viales con pociones misteriosas, unió su poderosa mente a la de los rabinos.

Los muertos de la ciudad estaban en pie.

Nyarlathotep frente a Elisabeth.

Dio un paso hacia ella. Cormac saltó sobre el Faraón Negro y le clavó un cuchillo en el pecho, a la altura del corazón. La entidad agarró al irlandés del cuello y le levantó del suelo sin aparente esfuerzo. Se miraron, ojos dorados frente a ojos de bronce. El dios le permitió ver, por un instante, todo.

Aunque estaba aterrado por la visión, Cormac le escupió en la cara.

—Que te jodan.

El Faraón Negro se arrancó el cuchillo y se lo clavó al irlandés en el estómago, lentamente.

—Vas a morir con dolor.

—¡No!

Nyarlathotep sonrió. Miró a Elisabeth.

—El amor os hace débiles. Todavía puedes salvarle.

Retorció el cuchillo en sus entrañas, Cormac sonrió con una boca de la que manaba sangre.

—Ni puto caso, princesa. Yo ya estoy muerto.

—¿Princesa? No, es una niña ignorante que desafía la voluntad de su faraón.

El irlandés, a pesar del dolor de la cuchillada y que los jugos gástricos empezaban a quemarle por dentro, le dio un puñetazo en la nariz al Faraón Negro con el resto de sus fuerzas.

—Qué divertido —retorció el cuchillo.

—¡Basta!

Cormac miró a Elisabeth, exhausto, sabiendo que ya estaba muerto negó con la cabeza como última voluntad.

Le fue concedida.

Un disparo perforó la frente del irlandés y la bala se llevó su vida. La sangre salpicó la negra máscara, que ya no sonreía.

Elisabeth miró hacia atrás, al origen del disparo. Mery, con el mosquete humeando, suplicaba con la mirada perdón a su hija.

—Entrometida humana, muere.

Su madre cayó muerta bajo el mandato de Nyarlathotep.

Dolor, sufrimiento, angustia.

Elisabeth era un portal abierto al duelo. Los muertos llenaron con sus nombres el lamento que surgió de lo más profundo de su ser. El llanto se hundió en el fango alcanzando estratos olvidados. El gemido se elevó por los tejados, trepó torres y golpeó campanas que tocaron a réquiem. Cientos de ancianas se asomaron a las ventanas y, acongojadas por la soledad y ausencia, lloraron como plañideras.

El collar celta ardía y se iba disolviendo cuanto más sufría. Era un objeto ancestral que la secta se lo había enviado como aviso, habían cometido el error de despreciar otras creencias.

Banshee.

La pasión de Elisabeth vibró con tal potencia que cambió de frecuencia y todos los perros de Nueva York aullaron su desgracia. Su lamento fue más allá de lo sónico, encontró recovecos y se filtró en una realidad donde todo yacía muerto. Allí el gemido reverberó, y los fantasmas olvidados gimieron con ella.

La angustia de Elisabeth hizo eco en el pebetero, los soñadores de Necrópolis lloraron con ella y compartieron su sufrimiento amplificando aún más el lamento de la mujer.

El Faraón Negro la miró, y vio más allá de su orgullo. Una Portavoz de la Ley de los nombres de los muertos, princesa la había llamado el humano, y en su vientre, un óvulo fecundado. Arrojó el cadáver de Cormac a un lado y fue hacia ella con decisión, su Némesis se había mostrado.

Pero los espectros le rodearon impidiéndole avanzar, se metieron en su boca y no le dejaron hablar, se encadenaron alrededor de sus manos e interrumpieron todo gesto que quisiera realizar.

Elisabeth aulló con tal sufrimiento que su voz se volvió sólida, y la focalizó contra el avatar.

El rostro del Faraón Negro fue una máscara de sorpresa antes de desvanecerse como la ceniza bajo el lamento de la mujer.

Sus seres queridos se habían sacrificado para desterrar a Nyarlathotep. Elisabeth cayó de rodillas, sus lágrimas ardían por un destino que la maldecía incluso en la victoria.

Gracias por comentar.

6 Responses to “23. El sacrificio.”

  1. Santi sardon 19 mayo 2020 at 20:13 Permalink

    Brutal

  2. Harkonen 19 mayo 2020 at 21:15 Permalink

    Buenooooooo….. me da a mí que ya no hay “Tras Tras……” ni por delante ni detrás………..

  3. Nimthor 20 mayo 2020 at 19:42 Permalink

    Héroe caído Cormac.
    Brutal capítulo.
    Merece un epilogo al menos…. o que siga girando la rueda.
    BRAVO!!!!

    • J. Paulorena 20 mayo 2020 at 19:47 Permalink

      Gracias, Nimthor
      Toca reflexión.

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