19. Dispuesto a morir.

J. Paulorena

El irlandés no había abierto la boca desde que ella había salido de la habitación. La había seguido sin decir palabra y, diez minutos después, continuaba en silencio y se negaba a mirarla.

—¿Qué? —le preguntó ella.

—Te vas.

—No es educado escuchar las conversaciones privadas de otras personas.

—Tampoco es inteligente hablar de secretos tras una pared de madera fina. Te vas.

—Sí.

—Esos árabes, persas o lo que sean, ¿os escondéis de ellos?

—Sí.

—Puedo acabar con todos. Tengo gente, hay favores por cobrar y otros a los que pedir. No estás sola. Elisabeth, quédate y déjame ayudarte.

Notaba el rubor coloreando sus mejillas. Quería aceptar, quería arrojarse a los brazos de aquel hombre que despertaba su interior cada vez que la nombraba, quería olvidarse de todo y, por una vez, sentir calor y deseo, sentirse mujer y no un instrumento del Destino ni un Portavoz de los muertos.

—No —respondió.

—¿Por qué?

—Porque es Él quien me busca.

—¿Quién es ese él? Señálamelo que me lo cargo.

—No puedes enfrentarte a Él. Lo siento, pero tenemos que marcharnos.

—¿Qué quiere de ti?

—Hace años permitió que mi padre escapara con algo que ahora pretende recuperar.

—¿Es valioso?

Elisabeth se encogió de hombros. Avanzaban por las calles, ella cabizbaja y él serio.

—Devuélveselo.

—No puedo permitirlo —ahora sí que le miró, con fiereza y énfasis—. Es mi legado, y mi deber es custodiarlo.

—Pero os dejará en paz.

—Nos matará a todos en cuanto lo posea. No, no puedo permitirlo. ¡Todo está en juego! ¡Todo y todos!

—No te entiendo.

—Lo sé.

—Pero si tú me dejas, te acompañaré incluso al infierno, y si es necesario hasta le daré de hostias al mismo Diablo.

Ella se detuvo, le sonrió y le acarició el rostro.

—Gracias.

Él sostuvo su mano para que no la retirara. Sus mejillas raspaban por una incipiente barba, sus fuertes dedos eran una corriente que pasó a sus palmas, se deslizó por sus brazos y terminó en su torrente sanguíneo, que fluía acelerado bajo aquella mirada de bronce que tanto la deseaba.

La besó.

Se apartó.

No recibió ninguna bofetada, Elisabeth se había quedado turbada. Vulnerable. Por fin había rebasado sus defensas y en lo único que pensaba era en protegerla, en dar su vida por ella si fuera necesario.

Sonrió y volvió a besarla.

Esta vez, ella le devolvió el beso.

Gracias por comentar.

8 Responses to “19. Dispuesto a morir.”

  1. Harkonen 15 mayo 2020 at 18:31 Permalink

    Esto es el necronomicon o una novela rosa picantona………

    • J. Paulorena 15 mayo 2020 at 19:03 Permalink

      Mientras te guste, Harkonen, qué más da el género.

      • Harkonen 15 mayo 2020 at 21:03 Permalink

        A la hoguera, por herejes…… y blasfemar ante las sagradas escrituras……… (necronomi……..) 😉

  2. Nimthor 15 mayo 2020 at 19:09 Permalink

    Me encanta. Supersensible y dulce. Enhorabuena, era difícil trasmitir lo que has escrito

    • J. Paulorena 15 mayo 2020 at 19:13 Permalink

      Gracias, Nimthor. Aunque sacrifiquemos cabras imaginarias tenemos nuestro d4 corazoncitos.

  3. Santi sardon 15 mayo 2020 at 20:51 Permalink

    Una estupenda despedida. Y no me esperaba que a Elisabeth le gustara el irlandes

    • Harkonen 15 mayo 2020 at 21:01 Permalink

      No, solo la pone digamos picantona

    • J. Paulorena 15 mayo 2020 at 21:01 Permalink

      Gracias, Santi, aunque las pistas, detalles e insinuaciones estaban ahí. Pero genial que te haya sorprendido.

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