12. No me das miedo.

J. Paulorena

Por las noches, la situación en aquellas calles empeoraba. En cada pequeña habitación de Five Points podían vivir hasta seis familias. El hacinamiento empujaba a muchos a buscar el sueño entre los detritos y meados, entre portales y esquinas. Algunos nunca despertaban.

Mery estaba acostada en una cama que habían tenido que desinfectar y quemar las sabanas. Vieron huir pulgas de las llamas.

La mujer se había mantenido entera frente al horror cósmico y la muerte de su marido, había tenido que abandonar su mundo y escapar de una secta milenaria que las perseguía para robarles un grimorio maldito. Pero algo tan mundano como la tuberculosis la estaba venciendo.

—No quiero dejarte sola, mamá.

Mery estaba agotada, pero recuperó un momento la lucidez y miró a su hija con cariño, disimulando el sufrimiento que sentía.

—Debes hacer tu trabajo, Elisabeth. Yo no le oigo, pero sé cuándo te habla. Ahora entiendo lo especial que eres, lo bendita que eres.

—¿Bendita? Sólo veo muerte, mamá.

Elisabeth lloraba porque, en cada respiración entrecortada, la muerte de su madre se acercaba. Aún no, pero con cada fatigado latido veía consumirse su cuerpo marchito.

—Traes piedad, Elisabeth. Traes la liberación del alma. Eres un regalo para la vida.

La hija apretó los dientes, el Necronomicón susurraba en silencio sin importarle los sentimientos de su Portavoz.

—Debo marchar, mamá. Pero volveré enseguida con medicinas, ¿de acuerdo?

—Buena chica.

Elisabeth salió de la habitación y tuvo que esquivar a docenas de personas ocupando las escaleras. Algunos pretendían dormir, otros jugaban a los dados o a las tabas queriendo matar el tiempo, pero es el Tiempo quien le mata a uno.

Fuera, las putas buscaban clientes y los vendedores nocturnos ofrecían sus mercancías a borrachos y ladrones. Una sombra le cortó el paso.

—¿A dónde vas, princesa?

Elisabeth miró con hastío al irlandés y siguió caminando.

—No es asunto tuyo.

El hombre se puso a su lado.

—Te equivocas, princesa. Nos han dado un toque para que nos apartemos de ti, gente a la que incluso yo prefiero no desafiar. Me pregunto por qué eres intocable. ¿Quién eres?

—No soy nadie. Déjame en paz.

Ella apretó el paso, él no tuvo problemas en seguir su ritmo.

—No me vengas con esas. Una rica inglesa en esta puta mierda de agujero es alguien que se esconde.

Ella se detuvo, él se sonrió pensando que había encontrado un punto débil en aquella mujer que le inquietaba.

Debía reconocer que se había cruzado con gente a la que sí había tenido miedo, unos hijos de puta tan cabrones que tan pronto te estaban contando un chiste como apuñalándote, que descuartizaban un cadáver y lo arrojaban a los cerdos mientras silbaban canciones de cuna. Todos tenían el mismo brillo desquiciado en su mirada, el absoluto desinterés por la vida y una mente tan retorcida en la que no se debía confiar. Pero ella parecía haber profundizado en los mares de la locura, sabía reconocer los pecados del alma humana y eso asustaba.

Tenía que admitir que la inglesa le daba miedo. Su instinto le mantenía alerta cuando ella estaba cerca y la única manera que conocía de vencer a sus miedos era encarándose a ellos y derrotándolos.

Pero con ella delante, mirándole de esa forma, empezaba a pensar que había cometido un error.

—¿Me estás amenazando, Cormac? —ella, desde luego, no parecía asustada—. ¿Tú y yo vamos a tener problemas?

La muchacha se había estirado; en ese momento, aunque el irlandés no sabía explicar cómo, ella era más alta que él y sus negros ropajes devoraban la luz. Su voz absorbía el resto de sonidos igual que el viento recorriendo un campo de lápidas. Las sombras de la noche resaltaban sus mejillas, el cansancio sus ojos y los dientes blancos su mandíbula. Por un instante él vio a la Muerte hecha carne, alguien a quien temer pero una vieja conocida a la que se enfrentaba todos los días.

—No me das miedo —se le escapó, igual que un chiquillo negando lo evidente.

Ella sonrió con su dulce rostro, de nuevo una hermosa y delicada muchacha a la que el hombre sacaba una cabeza y un cuerpo de ancho. Le dio la espalda y se alejó de él.

—¿Cómo sabes mi nombre? —le gritó.

Ella no respondió, se perdió entre la basura humana que degradaba las calles. La gente, sin darse cuenta, se apartaba de su camino para dejarla pasar.

Gracias por comentar.

8 Responses to “12. No me das miedo.”

  1. Helena 8 mayo 2020 at 19:28 Permalink

    Imaginación y sentimientos.

    • J. Paulorena 8 mayo 2020 at 19:37 Permalink

      Sip.
      No es sólo una historia de muertos y libros malditos.

  2. Santi sardon 8 mayo 2020 at 19:47 Permalink

    Genial. El cohete sigue ascendiendo

  3. Nimthor 9 mayo 2020 at 20:28 Permalink

    Dialogo maravilloso

  4. J. Paulorena 9 mayo 2020 at 21:08 Permalink

    Son los personajes, Nimthor, tienen voz propia. Yo sólo tengo sus nombres y me susurran lo que quieren decir.

  5. Netan 12 mayo 2020 at 18:56 Permalink

    Juer, la “muchacha” empieza a dar verdadero miedo…

    • J. Paulorena 12 mayo 2020 at 20:59 Permalink

      Je je je. Pues la niña crece y va subiendo de nivel… de miedo.

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