27. La Reina de Hielo.

J. Paulorena

La Universidad Bradforf para jóvenes caballeros estaba en Haverhill, junto al río Merrimack. Desde su fundación, en 1803, había seguido la política imperante de una educación exclusivamente masculina. Pero los tiempos cambiaban y, a pesar de las reticencias por parte del claustro más conservador, se estaba permitiendo la presencia femenina dentro de la institución.

Además de dos limpiadoras y de la cocinera, sólo había otra mujer dentro de aquellas regias paredes, y era la ayudante de biblioteca y esposa de uno de los profesores.

Los jóvenes caballeros de mentes inquietas habían tenido pocas opciones para fantasear en las largas clases, hasta la llegada de la Reina de Hielo.

La dama en cuestión se llamaba Lisbeth West y, cuando fue presentada para su evaluación, ni siquiera los más dignos y polvorientos integrantes del claustro quisieron perder la oportunidad de tener cerca a aquella señorita.

Pasó con creces las pruebas de idiomas, y su actitud en la mayor parte de la entrevista fue autoritaria y dominante, sobre todo cuando empezaron a cuestionarle estupideces respecto a su género. Pronto quedó en evidencia su capacidad de imponer respeto, pero también de una inocente coquetería al sonreír las agudezas de algunos doctos, que pronto empezaron a competir entre ellos por llamar la atención de la dama. En el momento de tomar la decisión de ofrecerle el puesto o exponer quejas, todas las miradas se volvieron al más anciano y puritano, que no había abierto la boca en toda la reunión. Sonrió y murmuró que aquella jovencita por fin traía luz a las grises sombras del conocimiento.

Tenía unos años más que los estudiantes, pero era una mujer experimentada y nada la alteraba. Era distante, apenas vista de refilón, un fantasma desapareciendo por el rabillo del ojo pero cuya presencia tarda en desvanecerse.

Estaba contratada como traductora, por lo que los alumnos no tenían demasiados motivos para acudir a su despacho salvo los relativos a las asignaturas de idiomas, o los inventados.

Decían los rumores que tenía un hijo, que era viuda, que era soltera, que era inglesa, holandesa, francesa, que vivió en las colonias indias, en las colonias africanas, que huía de la justicia por asesinar a su marido, que huía de su marido a quien la justicia le perseguía. Los rumores envolvían su nombre y nadie veía a través de esa niebla.

Lisbeth West quería pasar desapercibida, pero era de esas personas que destacan en una habitación con otras cincuenta charlando a la vez y que, cuando carraspea, todos callan para escucharla.

Era atractiva, aunque pretendía esconder su belleza con el pelo recogido y trajes recatados, pero lo que conseguía era sugerir su feminidad como un pensamiento velado.

Aunque mantenía las distancias era amable, su palabra era directa y clara, pero había demostrado que su lengua estaba afilada y era certera cuando el alumno más desvergonzado se la cruzó en el pasillo y fue maleducado. Ella sólo había necesitado susurrarle unas pocas palabras, una mirada como un témpano y el adolescente huyó con lágrimas sonrojadas. Jamás volvió a faltarle el respeto. Ni él ni nadie.

Una mujer hermosa, agradable pero seria, misteriosa e inteligente, con un leve acento que le aportaba un rasgo exótico, el sueño por el que suspiraba todo el género masculino de la universidad.

Gracias por comentar.

6 Responses to “27. La Reina de Hielo.”

  1. Harkonen 28 mayo 2020 at 17:16 Permalink

    Vamos que la señorita “Rottenmeier” les ponía a todos palote…………….. bueno un bonito toque argumental a la trama…… sin muchas florituras y comedido en sutileza……

  2. Santi sardon 28 mayo 2020 at 20:59 Permalink

    Buen desarrollo. Una tigresa en un corral de ovejas

    • J. Paulorena 28 mayo 2020 at 21:11 Permalink

      Una tigresa que vigila que el corral no se desmadre

  3. Nimthor 30 mayo 2020 at 20:45 Permalink

    Y los recursos de donde los saca? Siempre huyendo, pero no le falta dignidad

    • J. Paulorena 30 mayo 2020 at 22:37 Permalink

      Herencia familiar empaquetada y lista desde la huída de Londres. Además, hay gente que esconde sus ahorros, luego se mueren y ella ve sus vidas. Y sí, no importa la situación pero tiene la dignidad de una dama (herencia de su madre).

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