38. Es la hora.

J. Paulorena

La Llama refulgía trayendo luz al Precipicio de las Almas Errantes. Los muertos habían abandonado sus nichos y hacían vida en Necrópolis, con el fuego de la hoguera brillando en sus miradas y con la memoria de sus existencias restaurada en sus almas.

La Dama Espectral permanecía frente al pebetero, seguía atenta los saltos de las lenguas ardientes y su crepitar. Las almas de los soñadores muertos alimentaban la Llama, y los cuerpos consumidos y abandonados a lo largo de este mundo se restauraban de la Ceniza.

Desde que la humanidad fue consciente de sí misma, dos cuestiones íntimamente ligadas le han preocupado: el ser y la muerte. Ya en las tribus prehistóricas surgieron los ritos funerarios, la creencia del inframundo.

Necrópolis era el inframundo, y la Ceniza y la Llama eran el instrumento por el cual los muertos resucitaban.

—Mi señora.

Lisbeth abandonó la contemplación de la Llama notando la urgencia de la voz. Mc Claud traía entre sus enormes brazos el cuerpo desmembrado de Simeón, el vigía, que depositó con delicadeza frente a los pies de la dama.

—Mi señora —el muerto alargó el único brazo que le quedaba para tocar su pie. Ella se agachó y le cogió de la mano.

—Estoy contigo, Simeón.

—Es el pueblo subterráneo, mi señora. Hay servidores de Aquel con un Millar de Máscaras. Guerra civil, mi señora.

El cuerpo de Simeón no aguantó más y el muerto murió. Lisbeth estaba preocupada, la guerra en la Tierra de los Sueños había comenzado

—Mc Claud, por favor.

El gigante había recuperado su masa muscular óptima, sin embargo recogió con sumo cuidado el cuerpo destrozado y lo depositó dentro del pebetero para alimentar la Llama y, con el tiempo, de su Ceniza volvería a formarse un cuerpo, y ella devolvería a Simeón su nombre.

—No estamos preparados para la guerra, mamá.

—Para la guerra nunca se está preparada, querida.

—Si ha empezado aquí es porque algo ha cambiado en la Tierra.

La mirada de Lisbeth estaba perdida en la Llama buscando en el más allá, y sus ojos se abrieron atemorizados.

Mery se asustó, ni siquiera cuando se enfrentó a Nyarlathotep había visto el miedo reflejado en la mirada de su hija.

—¿Qué ocurre?

—Es el Necronomicón.

Herbert, es la hora.

Gracias por comentar.

7 Responses to “38. Es la hora.”

  1. Harkonen 8 junio 2020 at 20:39 Permalink

    Preludio a guerra civil…. en el reino del descanso eterno…..

  2. Nimthor 8 junio 2020 at 21:33 Permalink

    El muerto murió. Perfecto

  3. Santi sardon 8 junio 2020 at 21:37 Permalink

    La trama Empieza a encaminarse a arkham

  4. Harkonen 8 junio 2020 at 22:02 Permalink

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