35. No me gustas nada.

J. Paulorena

El bebé estaba llorando en la habitación oscura. Una franja de luz al abrirse la puerta, unos pasos en la madera gastada y se asomó por encima de la cuna.

Era una cosa muy pequeña para gritar tanto. Su llanto le irritaba, todo en él le irritaba. Desde que había llegado, su madre le prestaba toda la atención y él se sentía dejado de lado, abandonado.

—Ya eres mayor —le decía.

Pero él no se sentía mayor, se sentía solo. Y todo por culpa de aquella cosa pequeña que no dejaba de gimotear y cuyo llanto se le metía hasta dentro.

Cogió al bebé y lo sacó de la cuna, le miró con el ceño fruncido. La cosa pequeña hipó.

—Te gusta que te cojan en brazos, ¿verdad? ¿Te gusta que te hagan caso?

El bebé volvió a hipar, parecía que escuchar su voz le calmaba.

—No me gustas, me has robado a mamá —el niño arrugó la nariz—. Y encima te has cagado.

El bebé soltó un gorgorito.

—A mí no vas a convencerme.

El bebé se puso a reír agitando los brazos, y golpeó al niño en la cara.

—Y encima me pegas. Cada vez me gustas menos.

Llevó al bebé al aparador y le cambió como le había enseñado su madre. Puso cara de asco al retirar el paño sucio, se lo acercó a la nariz y la arrugó de manera exagerada.

—Si tú hueles tan bien, ¿cómo puede oler tan mal tu caca?

El bebé había descubierto que tenía mano y la miraba absorto. Su hermano le acercó un pañuelo metido en un frasco con leche, olvidó que tenía mano y con ansia se puso a chupar.

—¿Te gusta? Pues por tu culpa tengo que ir todos los días al mercado a por leche, llueva o haga sol.

Aunque siempre recibía esa mirada de aprobación de su madre que tanto le agradaba.

El bebé dejó de chupar y le cambió la cara, ojos abiertos, la boca formando una O. Parecía que algo incierto le estaba pasando y su hermano se preocupó.

—¿Qué te ocurre? No te pongas malo, por favor.

Se escuchó un pedo que retumbó en la madera del aparador, y el olor a mierda llenó otra vez la habitación. Al niño se le curvaron los labios hacia abajo, el bebé se había quedado satisfecho y bostezaba.

—De verdad que no me gustas nada.

Volvió a cambiarle y le acostó. El bebé se quedó dormido y el niño pasó media hora limpiando los paños y colgándolos para que se secaran. Cenó algo y se tumbó en la cama junto a su hermano.

Todo estaba en calma, su mente se mecía en la marea del sueño pero abrió los ojos levemente al sentir su presencia.

Un rostro de ángel quedaba recortado por la luz de la luna, su madre había regresado. Sonrió al escucharla.

—Mi niño especial —un beso al bebé.

Sintió el peso de la cama cuando ella se acostó junto a él, y le acarició el rostro con mano delicada retirando todo el mal del mundo.

—Mi hijo querido.

—Hola, mamá. ¿Todo bien? ¿Has salvado a muchos hoy?

—A algunos.

—Me gustaría ayudarte, yo también quiero salvar a la gente.

—Ese no es tu destino, Cormac.

Él abrió los ojos por completo para mirar a su madre.

—Entonces, ¿cuál es?

—No lo sé, es algo que tendrás que descubrir por ti mismo. Pero tu nombre está ligado a la marca del Protector.

—¿A quién debo proteger?

—Ahora a Herbert. Y lo estás haciendo muy bien.

—A ti también te voy a proteger, mamá.

—Lo sé.

Ella le dio un beso y él se quedó dormido soñando que era un hombre valiente y fuerte que protegía a su familia. Había alguien mirando, un hombre de pelo naranja y nariz chata que aplaudía y reía.

Cormac soñaba que se sentía orgulloso y que era feliz.

Lisbeth, a su lado, sabía que nadie podía protegerla.

Gracias por comentar.

5 Responses to “35. No me gustas nada.”

  1. Harkonen 5 junio 2020 at 21:57 Permalink

    Después del los escabrosos a suntos pañalines, nada destacable….

  2. Santi sardon 6 junio 2020 at 07:00 Permalink

    Que terrible futuro se presiente al hermano mayor

  3. Nimthor 7 junio 2020 at 21:39 Permalink

    Transito

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