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UNAS PALABRAS DE JUAN MANUEL SÁNCHEZ-VILLOLDO

Publicar una novela supone muchas cosas. A veces tengo la impresión de ver a un hijo que aprende a montar en bicicleta. Lo has sostenido tanto tiempo que, cuando por fin sus dedos se liberan de la palma de tu mano, sabes que ya no depende de ti.  Es poca cosa, pero es un paso más a su independencia.

Cuando escribí “Las guerras del código” nos sostuvimos el uno al otro. Durante los dos años que me tomó contar aquella historia que bullía en mi mente, fue el libro quien me mantuvo a mí en pie. Me disciplinó, me obligó a pensar en los personajes, en sus vidas, y sin ellos quizás mis días no habrían pasado de ser sucesiones de veinticuatro horas.

Lo malo de que tu libro se suelte y aprenda a “montar en bici” es que se lleva consigo a un montón de gente. Te levantas una mañana y tus personajes ya no están. Tu mesa, donde has dibujado la vida de todos ellos, está despejada y no tienes nada que hacer.

Pero ellos seguían ahí.

Yo los sentía.

 

En “Los exiliados de la hélice” recupero a todos estos amigos que han tomado vida propia y los enfrento a esos seres que existen en nuestro interior y que han decidido que la paz se ha terminado.

Hay que volver a la arena y al barro, bajar a su nivel a agonizar y a competir, más que luchar, por la vida.

Porque vamos a derrotarlos una y otra vez, sin duda.

Pero volverán, y estaré aquí para contároslo.

Los exiliados de la hélice.

Las guerras del código.

  

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